La muerte de Giordano Bruno SEGUNDA PARTE
Tres momentos históricos
1. En su tiempo: silencio y justificación
Tras su ejecución en 1600, la Iglesia no consideró a Bruno un mártir del pensamiento, sino un hereje pertinaz. Su caso quedó archivado en los registros del Santo Oficio sin ningún gesto posterior de revisión ni compasión pública.
Durante siglos, el Vaticano defendió la sentencia como coherente con las normas de la época. El nombre de Bruno fue, de hecho, prohibido o silenciado en la enseñanza eclesiástica hasta bien entrado el siglo XIX.
2. Siglo XIX: la reivindicación pública
En 1889, en el mismo lugar de su ejecución —el Campo de’ Fiori, en Roma— se erigió una estatua de Giordano Bruno, promovida por movimientos laicos, masones y científicos italianos.
El monumento, obra de Ettore Ferrari, representa a Bruno encapuchado mirando hacia el Vaticano, con la inscripción:
“A Bruno — el siglo por él adivinado — aquí donde fue encendida la hoguera.”
La Iglesia se opuso firmemente a la colocación de la estatua. El papa León XIII la calificó como “una afrenta” y una “provocación anticlerical”. Esto muestra que, todavía a fines del siglo XIX, no existía ningún arrepentimiento institucional.
3. Siglo XX: apertura y revisión histórica
Recién en el siglo XX, con los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II (1962–1965), la Iglesia empezó a revisar críticamente su relación con la ciencia y la libertad de pensamiento.
El caso de Bruno fue reexaminado en el marco de un diálogo más amplio sobre los errores históricos cometidos en nombre de la fe.
• En 1992, durante la rehabilitación de Galileo Galilei, el papa Juan Pablo II hizo una referencia indirecta a Bruno. Reconoció los “excesos del poder eclesiástico” en la condena de científicos y pensadores. Sin embargo, no hubo una rehabilitación oficial del filósofo.
• En 2000, durante el Jubileo, el mismo papa realizó un “mea culpa” general por las violencias cometidas por cristianos en nombre de la religión, incluyendo la Inquisición. En ese contexto, algunos portavoces vaticanos mencionaron a Bruno como símbolo del error cometido contra la libertad de conciencia.
Pero —y esto es clave— nunca se emitió una absolución formal ni se anuló su sentencia. El Vaticano distingue entre reconocer la injusticia histórica y rehabilitar teológicamente una doctrina considerada herética.
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